Sin la placenta, el bebé no podría desarrollarse en el útero de su madre. La placenta es el intermediario indispensable que se encarga de todas las idas y venidas entre el feto y su madre. Toma de la sangre de ésta las moléculas nutricias (glucosa para la energía, hierro para los glóbulos rojos, calcio para los huesos...) y el oxígeno que el bebé necesita, y luego lo libera de su gas carbónico y de sus desechos. Es también un productor: fabrica una veintena de hormonas necesarias para el feto, y un protector: filtra la mayoría de las bacterias presentes en la sangre de la madre, pero dejando pasar atinadamente sus anticuerpos gracias a los cuales el bebé estará protegido de las enfermedades de seis meses a un año después de nacer. A menudo se compara la placenta a un gran pastel. La palabra "placenta" viene, además, de la palabra latina "pastel". Al final del embarazo, mide veinte centímetros de diámetro y de dos a tres centímetros de espesor. La placenta se parece también a un árbol empapado en sangre o más bien a un bosquecillo de árboles cuyos troncos se dividen en numerosas ramas, tallos, ramitas y, por último, pequeñas briznas (filamentos) presentes por millares y llamadas vellosidades. Las raíces de estos árboles están situadas del lado del cordón umbilical, y sus cimas plenas de vellosidades están vueltas hacia el útero. Las vellosidades se bañan en pequeños lagos llenos de sangre materna, que se renueva incesantemente. Así se aprovisiona el bebé: cada vellosidad contiene una arteria que transporta la sangre nueva y una vena que libera al bebé de la sangre cargada de residuos y de gas carbónico. Por lo tanto, la sangre del bebé nunca está en contacto directo con la de la madre: sus intercambios sanguíneos se realizan por las paredes de las vellosidades.
13 de marzo de 2009
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